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Criticas - El Mural

MARITZA URIBE DE URDINOLA
Presidenta Museo de Arte Moderno La Tertulia. Cali, 1986

Cuando Alicia Viteri realizó su muestra en el Museo de Arte Moderno “La Tertulia” la primera sorpresa que se llevaba el espectador era sobre qué estaba sucediendo en la Sala Alterna. Se trataba de uno de esos acostumbrados happenings que tanto desconciertan a los espectadores no iniciados en esta manifestación del arte.

El caso es que de pronto una multitud giraba al compás de un sonido en el que se mezclaban los ritmos tropicales, las voces de los pregoneros, las estridencias de los carros, en fin, todo el ruido ensordecedor de los centros urbanos.Los asistentes tomaron un efecto casi fantasmal por el efecto de las luces, mimetizándose con el enorme telón en el cual Alicia había descrito un alucinante carnaval. Alienados en verdad estaban todos los que en un momento convirtieron su presencia en un acto de participación, pero lo cierto es que “el carnaval” no terminaba donde finalizaba la pintura. Había otro con figuras vivientes, no inmóviles, sino que surgen, desaparecen, retoman  y se convierten en un remolino magnético. En un momento sentímos que estábamos viviendo un sueño, o una pesadilla. Era de todas maneras un espectáculo surrealista , porque tal vez esa pintura – tan aparentemente real y que proponía una fiesta- estaba más allá de la presente. No era una fiesta solamente lo que la artista escribía sobre el telón. Era también un entierro y todos los que, confundidos con esas figuras que los atraían mágicamente, se integraron y pasaron a ser parte de la obra.

De ahí la enorme fuerza de su pintura, especialmente en estos telones, en donde no usa colores violentos sino unicamente los blancos y negros que, con el efecto muy bien logrado de las luces, aparecen como si se tratara de un gran muro multicolor.

Desde su inicio con los grabados  kafkianos de la primera época se adivinó la maestra en la cual habría de convertirse después. Una maestra, especialmente, cuando se trata del manejo del claroscuro y de los grises.

Sin embargo, existe un  común denominador entre sus telones gigantes y sus pulidas obras de menor formato. Es algo irónico, sutil, tanto en los insectos como en los rostros de esas mujeres que parecen resguardarse del análisis. El mundo de alguien poseedor de una gran riqueza interior del cual nos da una pequeña muestra con los lápices o el buril y que suelta sus amarras cuando se decide a contarnos que la vida es el carnaval que precede a la muerte y que “todo no vale nada y el resto vale menos”.

MARTA RODRIGUEZ
BOGOTA  1997
Centro Colombo Americano

La muestra que actualmente presenta Alicia Viteri en Bogotá, tal como está concebida, destaca por una parte el valor del proceso y por otra, plantea la posibilidad de propiciar otro tipo de recepción más participativa por parte del espectador. Uno de los propósitos de esta exposición es que el mural se convierta en el paisaje del público, de manera que quien lo observa se convierta en un personaje más de esta danza de la vida que es el producto de una exploración que ha realizado Alicia Viteri acerca de la condición humana, investigación que está en deuda con la literatura fantástica y terrorífica de Poe y Lovecraft. Esta participación se logra a través del recurso sonoro, del manejo de las luces y por la escala de la obra, elementos que contribuyen a crear una atmósfera que rebasa la condición bidimensional del dibujo y la pintura, atmósfera que involucra al espectador con el funeral y el carnaval que se representa en la gran tela, donde el dolor y la alegría se constituyen en los temas centrales.

Esta obra fue concebida y construida durante los primeros años de la década de los 80, de esta manera, si se mira su trayectoria, se hace evidente que Alicia llega a estos propósitos a través de un proceso plástico que se ha cimentado a través de una ardua investigación en el campo de la gráfica y de una búsqueda en el terreno de la pintura.

Los bocetos que hoy se exhiben al público muestran como el manejo del pincel permite una liberación en el campo del dibujo y a través de esta espontaneidad expresiva el énfasis recae sobre el proceso de dibujar, sobre la intención de aprisionar una determinada atmósfera, más que en la descripción detallada a la que Alicia Viteri nos tenía acostumbrados. Estos pequeños bocetos, sin duda se constituyen en una de las piezas más interesantes de toda su producción y son los que hacen posible la existencia del mural. Alicia se acerca a la gran tela con el propósito de dejar una huella del proceso del dibujo, del trazo espontáneo que atesora y preserva el momento de su elaboración
De esta manera el boceto se agiganta, de los escasos centímetros que miden los cartones pasa a ocupar  7 x  3 mts. de superficie y la causa de su expansión obedece a que la tela quiere rebasar los límites de su bidimensionalidad, quiere abarcar el ámbito de la experiencia corporal, sensorial y perceptiva que opera en la vida cotidiana del espectador. Alicia Viteri quiere que sus personajes cobren vida a través de los movimientos del espectador, que cada uno de ellos como personajes de la multitud, comience a hablar a partir de nuestra presencia, es decir que el arte rompa los ámbitos del arte y se inserte en los ámbitos de la vida.

Si Ud. se detiene ante el mural tal vez se sienta contemplando un enorme dibujo que está en deuda con la pintura, entonces seguramente mirará las pinceladas, se cuestionará sobre su proceso, pensará acerca de las dificultades que enfrentó la artista al hacerlo y juzgará los logros del mismo, también se dejará seducir por el manejo de las luces, por los tonos plateados que de ellas emana, recordará a Goya, reconocerá uno que otro rostro, y también es posible que encuentre uno casi idéntico al suyo. Si Ud. asiste el día de la inauguración, el mural será su paisaje, entonces su voz confundida con la de la multitud se fundirá con las voces que acompañan al funeral y con los cantos del carnaval que en la tela chocan y finalmente se entrelazan. Pero cuando Ud. observe la imagen de video que una cámara imperceptible capturó mientras todo esto sucedía, Ud. se dará cuenta que Alicia Viteri ha logrado su cometido, porque Ud. no podrá saber donde termina la tela y donde comienza la vida.

JUAN BUJAN
La Voz Hispana – Nueva York
Noviembre 1986

“Los que pasan..”

En la Galería INTAR se inauguró la exposición de Alicia Viteri, nacida y educada en Colombia y posteriormente establecida en Panamá, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera, logrando una eminente posición en el panorama artístico de ese país, al mismo tiempo que en el ejercicio de la docencia de las técnicas del grabado. Se la ha señalado como uno de los maestros del moderno arte panameño.

La obra de Alicia Viteri se introduce en el “inconsciente colectivo” de nuestro tiempo: hay una persecución del espíritu de las multitudes, pero no de las multitudes del trabajo o de la pobreza, y menos aún, de la miseria. Sus multitudes son desfiles burgueses, están en La Calle, arrastrando su fingida pena en los Funerales o su grotesca alegría en las fiestas del Carnaval. Muerte y fantasía son sus temas constantes, pero siempre con algo de caricatura, esa caricatura que no hace sonreír sino condolerse por la condición humana.

El mundo de los insectos que precedió en su obra a este mundo humano, la preparó inconscientemente para ver a las multitudes como las agrupaciones de insectos donde toda individualidad desaparece. Sus desfiles tienen sus raíces en el mundo de las sombras. La artista reconoce su afinidad espiritual con Rembrandt y también, muy especialmente, con Bacon, con sus personajes desprovistos de complaciente belleza y expuestos, como en un escenario, a la pública mirada en la desnudez de su grotesca ternura. En Alicia Viteri los personajes están vestidos con los ricos ropajes de su clase, pero están desnudos. La mirada inquisidora del arte los penetra en su miseria y en su vacío interior. Bacon y Ensor como en una continuidad, pero más sombríos, grises y cadavéricos, con lo trágico acentuado por la casi ausencia de color, desvitalizado en las mezclas con negros y tierras oscuros, con fantasmales blancos en las luces.

Estos medios plásticos, el color desvitalizado, los grandes contrastes de valores y formas grotescas, sirven a un propósito literario: señalar a una sociedad decadente que desfila incesantemente en ceremonias maquinales en las que la alegría y la tristeza tienen el mismo ropaje, fantasmas de una época muerta.